No eres nadie

Y me lo dice el padre de mi padre
parado a los pies de donde está mi cama.

Dice que soy el nieto muerto
en ese velador con la jeringa como crucifijo.

A pesar del duro sacrificio de mis ojos mustios
veo cuanto le molesta mi blanco inmaculado
y el rumor de rezos de mis hijas.

Cuando escucho reír al tuyo, padre,
al borde de la cama comentando
con los pies tan sucios:
t u   h i j o   e s   u n   i n ú t i l 

Tengo menos canas que tu padre
y las pocas son tan albas
como las sábanas del lecho en el que duermo.
Y eso que no me puse en tus zapatos.
Y mucho menos en los malos pasos de tu padre.

Espero que se vayan ambos. No estoy muy apurado.
Ni quiero persistir en estas letanías medias muertas
mientras viva.

Aquí persiste cada día
esta niña que podría ser mi hija
y que en los ojos me aborrece
porque ya no quiere más mi compañía.

Me parece
que ya babeo mucho.
Que cojeo y cabeceo.
Se me caen las manos muy despacio
antes de mirar esa comida fría.

Niña dice:

. . . p a p á ;
u n a   m á s   y a . . .

Pero los labios no son míos. Ni siquiera los sonidos.
.
.
.

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